Muerte de un maestro
Conocí a Miguel Delibes cuando era un niño. Bueno, lo conocí en sus libros, no personalmente. Me cautivó la firmeza de su prosa, la sobriedad de su lenguaje, su capacidad para contar las cosas. Es, sin lugar a dudas, mi escritor favorito, el autor con quién más he gozado el inmenso placer de la lectura.
Su novela “El Camino” ha sido el libro que más ha marcado mi vida. No hay otro personaje de ficción con el que me haya sentido más identificado que con Daniel “El Mochuelo”. En su percepción en la niñez de la naturaleza y el pueblo y en su reflexión ya adolescente sobre lo que significa el progreso. Aún hoy, en las largas jornadas madrileñas, lejos de mi casa, me sigo sintiendo un poco “mochuelo”.
Después leí casi todo lo que publicó. Desde “La sombra del Ciprés es Alargada” hasta “El Hereje” pasando por “Las Ratas” o “El Disputado Voto del Señor Cayo” y muchas otras. Ahora que como mejor homenaje iremos todos a buscar en la librería alguna de sus obras, me quedará poco por comprar. La grandeza de los escritores es que tras su muerte nos quedan sus libros y eso hace que sigan maravillosamente presentes, vivos, como si aún nos hablaran desde sus páginas.
Miguel Delibes representa para mí muchas cosas. Nadie como él ha sabido encarnar en palabras el ser de Castilla con el que tanto me identifico. En sus personajes hay valores humanos que en esta sociedad en crisis resultan más necesarios que nunca. Hay también un sentido trascendente de la vida que ha alimentado mi fe no sólo en Dios, sino también en el ser humano. Sus libros no solo me han hecho disfrutar, sino que me han enseñado mucho de la vida. Lo del título de maestro viene a colación no sólo por su domino del arte de escribir, sino que tiene también mucho de reconocimiento de mi condición de alumno suyo. Y por eso sé que tengo con él una deuda de gratitud que difícilmente pueden saldarse con estas líneas.
Artículo publicado en Cope.es.






